GENTE DE VALPARAÍSO
EL GÁSFITER DE LA MOTO: ROBERTO MARZÁN
“Soy gásfiter desde hace más de 50 años.
En Agua Santa había un taller de gasfitería que se llamaba ‘Oyanedel’. Tenía 5 maestros. En ese momento yo estudiaba en el Cerro Castillo, que era la escuela parroquial del cerro. Mi papá tenía un carretoncito de mano en el que hacía fletes. Después tuvo una burrita; y como yo estudiaba sólo medio día, me pasaba en la tarde a mirar al taller. Un día, uno de los maestros me dijo: ¿Vamos a trabajar ca’urito? Y con esa invitación comenzó todo.
A mí lo que me gustaba era la mecánica. Como no tenía nada más que hacer y me invitaron, le comenté a mi papá y me dijo ‘anda’ y ahí fue que me quedó gustando la pega.
Después del colegio me pasaba directamente a trabajar con ellos. Así fue como aprendí el oficio. Mirando y gracias a las enseñanzas de los maestros.
Yo ya jubilé y ahora me dedico a “los pololos”: Voy donde me llamen. Si me llaman a Quillota, voy; si me llaman a Quilpué, a Quilpué voy.
De mi trabajo, lo que más me gusta es todo lo que sea fierro. Me encanta la mecánica. Por ejemplo, en el caso de mi moto, si bien hay cosas que no las sé, soy yo el que la repara. También me encanta la cerrajería. Hago rejas, ventanas, porque tengo una máquina soldadora y un taller en mi casa. Y es que a mí me gusta tener mis herramientas. No me gusta pedir prestado y tampoco me gusta que me pidan, porque ya tuve muy malas experiencias. Incluso una vez me revendieron unas cosas que presté así que nunca más.
Estoy siempre en el taller de motos porque acá me llegan mis recados. Y porque con el dueño del taller somos muy amigos. Nos conocemos desde hace años. De cuando yo andaba en bicicleta. ¡Imagínese!
A mí me gusta la pega. Voy a trabajar hasta que me muera. Y yo creo que no me queda mucho en todo caso. Tengo artrosis, soy diabético, tengo hipertensión, pero ando en moto (se ríe) y de vez en cuando me como unas galletas, tomo bebida y me tomo un vinito, sobre todo cuando el billete anda bueno. Pienso yo que con un pencazo, hasta ya maté la enfermedad también. Aunque en realidad yo creo que la gracia es trabajar y acostarse temprano. No pasa de las 9 o 10 que yo ya estoy acostado”.
Encargo: Revista Aniversario 189 de El Mercurio de Valparaíso.
Cliente: El Mercurio de Valparaíso.
Fotógrafo: Raúl Goycoolea.
Idea, edición y producción: Andrea Lagos
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EL ANTICUARIO Y SUS COSAS RARAS

“Con mi padre me acostumbré a viajar por toda la ciudad buscando cosas. Andar por Valparaíso de ese modo siempre nos sorprendía: por ejemplo, una niña que parecía de alta sociedad paseando en la Plaza Victoria, vivía en una casa muy pobre, perdida en el cerro. La puerta era sostenida por un pisapapeles antiguo que él traía de vuelta de la tienda. En lugares así mi papá me enseñó a mirar.
Como primera tienda de antigüedades de la ciudad estuvimos solos veinte años. Fuimos testigos del éxodo de los habitantes del cerro Alegre y Concepción: a nosotros nos llegaba todo lo que abandonaban. Y mi papá -que no tenía idea de ser anticuario, en realidad era un comerciante- subía al cerro Alegre, compraba todas las cosas que no les cabían a los que se mudaban a Viña del Mar: libros, revistas, palos de golf, muebles. Yo ponía el grito en el cielo, pero él vendía esas cosas en un mes.
No siempre se compra para vender. Hay una colección privada que está detrás del mostrador. A veces puede más el placer de encontrarse una antigüedad que el dinero. Lo que más destaca al ver esta colección es el perro que conseguí yo y el Cristo de mi padre, que se lo compró a un cura croata. Es un Cristo grande de madera colonial. El párroco, recién llegado, quería vender algunas cosas para comprar mesas de ping-pong para que los niños no estuvieran en la calle. Mi papá comenzó a hacer ofertas y el cura no lo vendía, decía que el párroco anterior lo creía milagroso.
-Yo no quiero el Cristo para venderlo, lo quiero para mí -le dijo mi padre.
– Si usted me jura que no lo vende, se lo vendo -respondió el cura.
Por respeto no lo vendió.
Antes iba a la Avenida Argentina, a la feria de la Plaza O`Higgins, pero como ya me conocen me piden más dinero. Ahora solo va mi señora, que a veces acierta y otras veces no. Esta es la región con mayor falsificación en Chile. Antes para saber si algo era verdad confiábamos en nuestro criterio, porque uno va sabiendo un poco de todo, un poco de monedas, un poco de pinturas, un poco de muebles. Hoy cuando no conocemos algo lo buscamos en Internet.
Llega mucha gente a El Abuelo. Hace poco entró una señora de edad con un hombre mucho más joven con una bandeja, grande, no era fea, que quería vender. A mí me gustó la bandeja. Esta bandeja vale cinco mil pesos de la época. ¿Cuánto ofrece? ¿Cuánto me pide? Así estuvimos quince minutos, esta bandeja es de plata, decía. Yo había visto las marcas y no era de plata, así que le dije que fuera a una joyería y que la probaran con ácido. Nunca más volvió la señora”.
Encargo: Revista Aniversario 189 de El Mercurio de Valparaíso.
Cliente: El Mercurio de Valparaíso.
Fotógrafo: Raúl Goycoolea.
Texto, idea y producción: Andrea Lagos
FiUiT Producciones
